Puntos clave:
- Lo que ocurrió en Venezuela no fue una invasión a gran escala, sino una intervención rápida con el objetivo de proyectar fuerza y lograr una victoria mediática.
- El efecto inmediato de esta intervención es reforzar una dinámica geopolítica en la que el uso de la fuerza predomina sobre la diplomacia, el derecho internacional y la soberanía nacional.
- Aunque el secuestro de Maduro y su esposa es totalmente inexcusable, hay que reconocer que la crisis interna venezolana era una situación política insostenible que, en términos prácticos, facilitó la injerencia externa.
- Ante la nueva agresión del imperialismo, es más importante que nunca reforzar los proyectos democráticos de nuestros países y crear alianzas entre las sociedades y movimientos latinoamericanos.
El reciente secuestro de Nicolás Maduro y su esposa mediante una operación de fuerzas especiales estadounidenses es un acto criminal que no sólo afecta a Venezuela, sino que además es muestra de un cambio en el orden mundial. Ninguna supuesta «misión de justicia» justifica la violación de la soberanía de un pueblo ni el uso de la fuerza bruta para remover mandatarios. Este ataque abre una nueva etapa en el escenario geopolítico que requiere reflexión y análisis.
Sin embargo, desde el Equipo Foco también sostenemos que nuestra indignación ante la agresión externa no puede obligarnos al silencio sobre la descomposición interna. Rechazamos la trampa de los dogmas binarios: condenar la invasión no nos obliga a avalar un modelo de gestión que expulsó y censuró a millones de personas; y criticar el autoritarismo interno no nos alinea con los intereses del capital extractivo.
Para los movimientos sociales de América Latina, este es un llamado a un análisis sin dogma. Los cambios sociales que aspiran a la sostenibilidad no pueden imponerse desde arriba ni sostenerse mediante la opacidad. La permanencia de un proyecto de transformación social profundo debe sustentarse en acciones coherentes con los reclamos y críticas que hacemos a los regímenes autoritarios y opresores que benefician a la acumulación. En la política que soñamos, el fin no justifica los medios: la ética democrática y la legitimidad popular son nuestras principales defensas disponibles contra el avance del fascismo y el intervencionismo.
Del imperialismo disimulado al «Show de Fuerza»
Lo que ocurrió en Venezuela no fue una invasión a gran escala como las que se llevaron a cabo en Iraq y Afganistán a principios del siglo XXI. Más bien se trató de una intervención precisa (ejecutada en menos de tres horas) con alto efecto mediático. Esta operación fue diseñada para lograr una victoria rápida que sirviera a varios objetivos políticos estratégicos:
- Impulsar la narrativa de haber “recuperado” el petróleo que le habían “robado” a Estados Unidos, en referencia a las oleadas de nacionalización de la industria petrolera que Venezuela llevó a cabo en el pasado. Es notable que, a diferencia de intervenciones pasadas, se han abandonado completamente los discursos de “liberación” y “democratización”.
- Mejorar la imagen interna de Trump, en lo inmediato para distraer del escándalo de los archivos de Epstein, y más a futuro para las elecciones de medio término a realizarse en noviembre de 2026.
- Enviar un mensaje claro al continente americano sobre su política exterior de control regional, restableciendo la doctrina Monroe en una forma más burda y bajo un nuevo nombre: “doctrina de ‘Don-roe’”.
- Proyectar un mensaje de poder ante las potencias emergentes en el mapa geopolítico, principalmente China y Rusia.
El efecto inmediato de esta intervención en términos geopolíticos ha sido reforzar una dinámica de “realpolitik” en la que el uso de la fuerza predomina sobre la diplomacia, el derecho internacional o garantías jurídicas como la soberanía nacional. Si bien es cierto que las agresiones contra Venezuela se han criticado en la ONU, la reacción del resto de las potencias mundiales ha sido de condenas tibias e inacción. Esto se debe a que no quieren hacerse enemigos de Estados Unidos o porque también les conviene una lógica global en la que la fuerza determina el derecho.
A mediano y largo plazo, la situación sigue siendo incierta y continúa desarrollándose. Aunque Trump ha dicho que ahora Estados Unidos “gobierna” Venezuela, al menos oficialmente ha quedado a cargo en el país la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez. No está clara todavía la estabilidad de su mandato ni las posibilidades de más ataques. Tampoco se visualizan hasta el momento mayores cambios en la política o correlación de fuerzas en el país, aparte de la ausencia de Maduro. En cuanto al resto de la región, Trump ya ha lanzado amenazas a otros países (específicamente a Cuba, Colombia, México y Groenlandia), así que está por verse si se concretan.
La crisis interna que le abrió camino a la intervención
Debemos recalcar que el ataque a Venezuela, así como el secuestro de un presidente y su esposa, no es aceptable ni justificable bajo ninguna circunstancia. Sin embargo, como movimientos progresistas y/o de izquierda en Latinoamérica, es crucial reflexionar y aceptar que la intervención externa no ocurre en un vacío. La profunda crisis que se ha desarrollado en Venezuela durante más de una década bajo el gobierno de Maduro ha suscitado serios cuestionamientos, incluso entre gobiernos aliados como los de México, Colombia y Brasil. El régimen de Maduro ha recibido serios cuestionamientos por violaciones de derechos humanos, falta de transparencia e irrespeto a los procesos democráticos internos, particularmente en torno a los resultados de la última elección presidencial.
A largo plazo, esta manera de gobernar era políticamente insostenible. Si bien es cierto que (como también pasa en Cuba) las sanciones económicas impiden el desarrollo normal de los pueblos, esto no debe impedir la crítica. La crisis migratoria masiva de la diáspora venezolana, con siete millones de personas desplazadas, así como la erosión institucional, son vulnerabilidades de naturaleza estratégica. Un proyecto que se autoproclama popular, pero que progresivamente pierde su base social aislándose en dogmas de poder personalista, facilita mucho la entrada de fuerzas externas. Si consideramos además el contexto actual en el que los países de la región se encuentran con un menor margen de maniobra ante Estados Unidos, podemos ver que Venezuela se encontraba particularmente vulnerable a intervenciones de esta naturaleza.
No se puede negar, entonces, que en Venezuela era necesario implementar cambios de fondo desde hace mucho tiempo. Construir alternativas democráticas ciertamente no garantiza la permanencia indefinida de la izquierda o el progresismo en el poder, especialmente dado el aumento de las intervenciones electorales observadas en meses recientes en Honduras y Argentina. Sin embargo, respetar y fortalecer los procesos institucionales ha demostrado ser una estrategia efectiva para que procesos de transformación desde el poder estatal se fortalezcan o se renueven según sea necesario. Aunque la democracia liberal no es, ni será, el único camino para la transformación social, buscar alternativas y profundizar el carácter democrático de nuestros procesos es un primer paso para resistir el embate del autoritarismo e imperialismo que enfrentamos hoy.
La necesidad de unión ante la sombra del imperio
Este evento es potencialmente el primero de una serie de acciones militares que le permite a Estados Unidos medir las reacciones de sus aliados y enemigos. Al no encontrar una oposición fuerte, los diferentes intereses que guían la mirada de Trump (su gabinete —en particular su Secretario de Estado, Marco Rubio—, los líderes del Partido Republicano, el capital extractivo, la maquinaria propagandística que controla los medios y el complejo militar-industrial) seguramente optarán por seguir avanzando en la región.
La búsqueda de soluciones para afrontar una agresión estadounidense es una tarea complicada, pero cualquier estrategia a implementar debería incluir al menos los dos siguientes componentes esenciales:
- Reforzar los proyectos democráticos en nuestros países para colectivizar la esperanza y las demandas sociales (particularmente en temas energéticos y de seguridad).
- Articular una firme respuesta antiimperialista de las sociedades latinoamericanas que sea unida, fuerte y contundente. Es fundamental que los movimientos sociales estén vinculados a las luchas de otros movimientos. Las alianzas continentales cobran mayor relevancia dada la timidez de la reacción europea (similar a la del genocidio en Palestina), y por lo tanto el apoyo mutuo es uno de los medios más importantes que tenemos disponibles para que la región ya no siga siendo un tablero donde otros mueven las piezas.

