¿Socio o rehén? Los márgenes de Guatemala ante la política exterior de Trump

Un nuevo escenario para la relación Guatemala-EUA.

A finales del 2024, una de las preguntas más importantes para las organizaciones sociales era cómo sería la relación del gobierno de Bernardo Arévalo con Estados Unidos, especialmente ante el regreso de Donald Trump. Tras los primeros seis meses de su segundo mandato, ofrecemos una evaluación basada en el análisis de personas expertas para entender mejor los márgenes de acción de nuestro país en el nuevo contexto geopolítico.

«Tiempos oscuros»: la crisis interna de la política estadounidense

Para entender la política exterior de EUA hoy, primero debemos mirar las dinámicas internas de sus tres ramas de gobierno.

Por un lado, el poder ejecutivo, bajo la presidencia de Trump, impulsa una agenda conservadora guiada por el “Proyecto 2025”. Su gran capacidad de imponer decisiones se basa en el avance simultáneo por múltiples frentes para abrumar a la oposición, el control narrativo que ejerce sobre sus adversarios y la imprevisibilidad de sus acciones. Esto ha generado desconcierto, logrando desestabilizar, presionar y dominar, lo que ha dificultado la formulación de estrategias en su contra.

En el Congreso, las dinámicas de ambos partidos son irregulares. Los republicanos tienen miedo de oponerse a Trump. La dirigencia del partido demócrata está enfocada en las elecciones de medio término en el 2026, ya que actualmente no tiene poder en ninguna de las dos cámaras del Congreso. Los republicanos no comparten información mientras que los demócratas están aislados y parecen no saber cómo actuar en este contexto. Además, se ha roto el intercambio bipartidista que se había dado en el pasado: Ya no hay conversaciones ni coordinaciones entre ambos partidos.

En cuanto al sistema de justicia, si bien algunas cortes inferiores han frenado las medidas impulsadas desde la Casa Blanca, la Corte Suprema está alineada con Trump. Recientemente emitió un fallo que limita el poder de los tribunales inferiores para bloquear órdenes ejecutivas presidenciales, consolidando así el margen de acción del Ejecutivo y debilitando los contrapesos institucionales.

En el actual panorama político, la administración de Trump ha implementado recortes sin precedentes, especialmente en programas sociales internos y fondos de cooperación. Aunque el desmantelamiento de USAID es una de las consecuencias más notorias, hay peligro de que todavía más fondos para ayuda extranjera puedan ser anulados por medio de una ley de rescisión. Con los republicanos controlando las tres ramas del gobierno, no se prevé oposición a estos recortes antes de las elecciones de medio término a finales de 2026, momento en que los demócratas intentarán recuperar el Congreso.

La administración de Trump ha mostrado rasgos autoritarios bastante marcados, con una política anti-inmigrante radical y ataques a la sociedad civil. En respuesta a esto, ha habido expresiones importantes de resistencia ciudadana. Las protestas de “No Kings” (“No Reyes”) en junio de 2025, por ejemplo, tuvieron un nivel de participación sin precedentes. No obstante, existe un agotamiento considerable en las organizaciones de derechos humanos y temor entre las entidades privadas de cooperación, lo que disminuye otra posible fuente de financiamiento para la región.

Política exterior: del multilateralismo al bilateralismo 

Históricamente, los gobiernos demócratas y republicanos han tenido diferencias en la política interna, pero sí han mostrado un grado de consenso en la política externa. A pesar de la crisis interna, los objetivos estratégicos de EUA para América Latina están intactos:

  • Control del narcotráfico (ahora enfocado en el fentanilo).
  • Reducción de la migración irregular.
  • Neutralización de la presencia de China y Rusia en lo que EUA sigue considerando como su área de influencia.

Si bien se han mantenido los objetivos, lo que ha cambiado drásticamente son las formas. Se ha abandonado el multilateralismo (trabajar a través de alianzas en bloque y organismos internacionales) en favor de una lógica bilateral. Esto significa que las decisiones se toman en núcleos cerrados y se imponen negociando con cada país por separado, usando la presión y la amenaza como herramientas. La doctrina parece ser la de «primero la fuerza, luego la paz», como se vio con las amenazas arancelarias o la designación de Guatemala como «tercer país seguro», que puso en aprietos al gobierno. En este nuevo escenario, la diplomacia tradicional que promovía un rostro amable de la potencia ante sus “aliados” fue desplazada por el control narrativo e imprevisibilidad beligerante del trumpismo que (con una manera de operar muy similar al de su política interna) simplifica los conflictos, exige confidencialidad, condiciona los acuerdos y presenta los resultados diplomáticos como una “victoria aplastante” de los Estados Unidos. 

Por lo tanto, Centroamérica, una región que hasta hace poco compartía una agenda común en ciertos aspectos (como la del Triángulo Norte), hoy se encuentra menos preparada para afrontar la imposición de condiciones bilaterales. La nueva estrategia de negociar uno a uno tiene el efecto de desincentivar aún más la cooperación regional: impulsa una lógica de competencia entre gobiernos centroamericanos, donde cada uno —ya sea por vías institucionalistas como Guatemala o populistas como El Salvador— busca sobresalir como el socio más confiable de Washington. Esto debilita cualquier esfuerzo de integración y convierte la relación con EUA en una carrera de favores que erosiona la interlocución regional. 

Un equilibrio delicado: cooperación, presión y márgenes de maniobra

Para entender la relación Guatemala-Estados Unidos, hay que tener en cuenta que en el bilateralismo de la política exterior de Trump conviven dos dimensiones: la afinidad ideológica conservadora que tiene con países como El Salvador y Argentina, y la lógica transaccional en la que las negociaciones se llevan a cabo para hacer prevalecer el interés propio. 

En este escenario, el gobierno de Arévalo ha logrado posicionar a Guatemala como un socio funcional y de bajo costo desde la lógica transaccional del trumpismo; a pesar de no compartir un enfoque ideológico, ha sabido alinearse a sus intereses. Por medio de un abordaje pragmático, Arévalo se ha posicionado favorablemente en temas clave como migración y seguridad, evitando que el gobierno de Trump apoye los esfuerzos golpistas y, al mismo tiempo, logrando mantener ciertos márgenes de acción para su propia agenda.

Algunos de los compromisos que el gobierno de Guatemala ha tenido que asumir como parte de este equilibrio son:

  • Aceptar cuotas migratorias.
  • Mantener relaciones con Taiwán e Israel, absteniéndose de acercamientos con China.
  • Sostener canales abiertos de comunicación con sectores del Partido Republicano.

Sin embargo, hay riesgos para esta relación. Hay un lobby activo de guatemaltecos en Miami asociados al pacto de corruptos que intentan promover una narrativa en contra de Arévalo. Aunque estos esfuerzos no han llegado a la Casa Blanca ni al Departamento de Estado, sí han tenido influencia en sectores republicanos del Congreso. Por otro lado, la estrategia diplomática que le ha permitido a Arévalo sostener una relación funcional con Estados Unidos también le ha generado fricción política interna con sectores progresistas y organizaciones sociales. 

De esta manera, aunque el gobierno de Guatemala navega con pragmatismo en un entorno regional desorientador, su capacidad de acción depende de un equilibrio muy delicado: debe mantener su relevancia como socio funcional para EUA sin convertirse en rehén de las tensiones ideológicas que dominan la política hemisférica, en un escenario en el que tanto la disputa de narrativas como la presión estratégica se intensifican cada vez más.

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