Un espectro acecha a América Latina: El espectro del autoritarismo

América Latina vive uno de sus momentos más complejos desde el fin de las dictaduras militares a finales del siglo pasado. El autoritarismo ya no llega únicamente en forma de golpes de Estado o botas militares: hoy se infiltra a través de algoritmos, se legitima en las urnas y se consolida aprovechando el desencanto de millones de personas que esperaban algo distinto de los gobiernos progresistas. En FOCO consideramos urgente analizar con honestidad los factores —externos e internos— que están allanando el camino a este fenómeno, porque entender el escenario geopolítico regional no es un ejercicio académico: es una condición necesaria para actuar con inteligencia política en cada uno de nuestros territorios, incluyendo Guatemala.

La influencia autoritaria errática del norte 

Estados Unidos hace uso cada vez más de prácticas antidemocráticas y arrastra consigo a toda la región. Sin embargo, es importante entender que esto no se debe a una estrategia maestra personalmente diseñada por Trump, quien  no tiene más ideología que el transaccionalismo: favorece a quienes lo elogian o le obedecen, y castiga a sus oponentes. Por lo tanto, su política interna y externa, aunque con tendencia al autoritarismo, suele ser errática porque la definen las agendas personales de su gabinete y sus asesores. Entre ellas se pueden identificar por lo menos cuatro importantes:

  1. El neoconservadurismo, representada por el Secretario de Estado Marco Rubio, que favorece políticas de libre mercado y el imperialismo;
  2. El tecnolibertarianismo, representado por el Vicepresidente J.D. Vance, que  es una ideología anarquista y antidemocrática que cree en una sociedad gobernada por tecnologías como las criptomonedas;
  3. La supremacismo blanco, representada por el Asesor de Seguridad Nacional Stephen Miller, quien dirige las acciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (“ICE”);
  4. El nacionalismo cristiano que, junto con el sionismo cristiano, busca convertir a Estados Unidos en una teocracia que apoya incondicionalmente al Estado de Israel. El nacionalismo cristiano está parcialmente representado por el Secretario de Defensa Pete Hegseth, pero cuya influencia más clara sobre Trump es por medio del Proyecto 2025 de la Heritage Foundation.

Ciertamente, todas estas corrientes de pensamiento se pueden clasificar como autoritarias, pero difieren enormemente en sus premisas y objetivos. Por lo tanto, la mezcla del transaccionalismo de Trump y el peso que cada uno de los miembros de su círculo ha tenido en determinado momento ha definido la política estadounidense en el último año, la cual ha sido consistentemente dañina para la región pero impredecible en sus detalles: Por un lado presenciamos el apoyo de 20 mil millones de dólares a Javier Milei y el perdón presidencial al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández. Por otro lado, iniciamos el año con el secuestro del Presidente Nicolás Maduro y su esposa en Venezuela, la amenaza explícita de acciones similares hacia Gustavo Petro en Colombia que lo obligaron a tomar medidas conciliadoras, el férreo endurecimiento del bloqueo hacia Cuba y (en otra parte del mundo pero con graves consecuencias para nuestra región) el ataque a Irán. En medio de estos dos extremos hay otras acciones que tienen tanto metas como resultados que aún no están del todo claros, como el uso de aranceles, las negociaciones fallidas para obtener Groenlandia, y la iniciativa reciente del “Escudo de las Américas”.

En términos prácticos, podemos esperar que en los próximos años Estados Unidos tenga una influencia negativa aún mayor en las democracias latinoamericanas, pero sin una política externa claramente definida como en las administraciones de Obama o Bush. Esta forma errática de conducir las relaciones diplomáticas ya se está manifestando en la relación entre Estados Unidos y Guatemala. Aunque hay que tomar en cuenta esta influencia, tampoco hay que sobreestimarla. En un clima de “caos controlado” en la Casa Blanca, la efectividad de sus acciones dependerá en gran medida del contexto particular de cada país de la región.

Semillas de debilidades internas, y la trampa del espejismo de Trump 

Resulta tentador atribuir a Trump —o al fantasma de su injerencia— cada revés electoral que sufren los gobiernos progresistas en América Latina. Sin embargo, esa explicación cómoda simplifica realidades mucho más complejas: nos exime de mirar hacia adentro y facilita una narrativa donde la culpa siempre es externa. El problema no es que Estados Unidos carezca de capacidad desestabilizadora —la historia y el presente están llenos de ejemplos—, sino que convertir a Trump en el «villano omnipresente» nos ha llevado a subestimar algo mucho menos espectacular pero más determinante: el hartazgo ciudadano ante promesas incumplidas, la persistencia de viejas prácticas políticas en gobiernos que prometieron renovación, y la desconexión entre liderazgos progresistas y las demandas concretas de las bases populares.

La autocrítica no es un ejercicio de debilidad, sino de madurez política. Mientras sigamos atribuyendo cada derrota a conspiraciones externas, estaremos renunciando a preguntarnos por qué amplios sectores populares no se comprometen con un proceso de cambio y terminan desencantados o, peor aún, optan por opciones abiertamente autoritarias. Esa pregunta incómoda —la que indaga en nuestros propios errores, en la burocratización de los movimientos, en la repetición de graves vicios como la corrupción, en las promesas que no se tradujeron en cambios estructurales— puede evitar que la izquierda latinoamericana siga atrapada en un ciclo de euforia electoral y posterior desencanto. Culpar a Trump es fácil; lo difícil, pero indispensable, es reconocer que la principal amenaza a nuestros proyectos transformadores a menudo no está en Washington, sino en nuestra incapacidad para construir gobiernos de unidad que realmente respondan al mandato popular que los llevó al poder.

Cómo mantener a raya el autoritarismo

La defensa de las democracias en América Latina depende en gran medida de que los movimientos sociales mantengan una vigilancia activa frente al avance del autoritarismo en sus regiones. Su papel es clave para alertar, organizar y articular respuestas colectivas cuando se normalizan prácticas que concentran el poder, debilitan las instituciones y reducen el espacio cívico, ya que el deterioro democrático suele ser gradual y muchas veces se consolida ante la apatía o la fragmentación social. Por ello, es esencial poner atención a:

  1. El control mediático: Los sectores antidemocráticos dominan amplios espacios mediáticos y digitales, donde han aprendido a explotar los algoritmos de las redes sociales para sembrar miedo y odio. Un tuit viral puede generar más legitimidad para una candidatura afín a las corrientes autoritarias que una intervención militar directa. La batalla cultural y comunicacional es, hoy, el terreno principal de la disputa política.
  2. Fuentes de presión económica y social: Las deportaciones masivas y la reducción de remesas pueden generar tensiones profundas en comunidades ya vulnerables, afectando el empleo, el consumo y la estabilidad social. Estas presiones económicas suelen ser instrumentalizadas políticamente para justificar medidas de control, mano dura o recortes de derechos.
  3. Evitar el divisionismo: La fragmentación de las fuerzas democráticas suele allanar el camino a opciones abiertamente autoritarias. Aprender a hacer concesiones, apoyar candidaturas alternativas —aunque no sean las ideales— y construir frentes amplios no es traición; es madurez política. Muchas veces, la única manera de impedir que el fascismo llegue al poder es aceptar que la opción menos mala es —de momento— la elección necesaria.
  4. La relación con Estados Unidos: Mantener vínculos diplomáticos estables con Estados Unidos sin caer en la obediencia exige un equilibrio incómodo pero indispensable. El desafío está en poner sobre la balanza cooperación y soberanía, defendiendo intereses nacionales y regionales sin romper canales de diálogo, pero también sin renunciar a la dignidad ni a la capacidad de decir «no» cuando sea necesario. En este punto en particular, los movimientos deben jugar un papel fundamental de fiscalización y hacer demandas a los gobiernos ante medidas que responden a presiones externas.
  5. Construcción de bases sociales amplias a través de resultados tangibles: Ningún proceso de transformación democrática puede sostenerse ni profundizarse sin un respaldo social amplio, diverso y políticamente articulado. La acumulación de fuerzas no es solo electoral, sino social, territorial y cultural. Sin anclaje territorial y sin avances materiales que mejoren las condiciones de vida, los discursos transformadores pierden credibilidad y dejan espacio a salidas autoritarias que capitalizan el desencanto. La legitimidad política se consolida cuando la población reconoce que los procesos de cambio no son abstractos, sino que impactan positivamente en su bienestar. 

El autoritarismo en América Latina es una amenaza concreta que se combate con organización, autocrítica y propuestas transformadoras que mejoren la vida de las mayorías. La disputa no se libra únicamente en las urnas, sino en el tejido cotidiano de las comunidades, en la credibilidad de las instituciones y en la capacidad de los movimientos sociales para construir poder popular desde abajo. Si algo nos enseñan los ciclos políticos recientes es que la democracia no se defiende solo del autoritarismo externo, sino también de la división interna, de la falta de resultados y del divorcio entre el discurso transformador y la experiencia concreta de la gente. 

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